¿Quién cuida de los mayores?

Niñez, adolescencia, juventud, madurez, ancianidad. Las cinco etapas del desarrollo humano. Si prestamos atención a nuestras necesidades de cuidado, se trata de un círculo, un punto final que se une al de inicio.

Cuando nacemos somos totalmente indefensos. Necesitamos de nuestros padres para alimentarnos y protegernos. Gradualmente vamos adquiriendo las capacidades que nos permiten valernos por nosotros mismos y obtenemos también la independencia. Al llegar la adolescencia y juventud nos sentimos autosuficientes. Recién en la madurez nos damos cuenta de que siempre hemos necesitado de quienes nos rodean, pero aún somos autónomos. Es con el declive de la vejez que regresamos al punto de partida y nuevamente requerimos de otros, más fuertes, más alertas, más ágiles, para proveernos y evitarnos daños.

Y a lo largo de todo este proceso, lo que más necesitamos, sin importar la edad o la corpulencia, es la atención y el amor. El ser humano no puede prescindir del contacto con otros, de su cariño y aceptación.

Pero con frecuencia olvidamos esta carencia básica. Es fácil sentirla y demostrarla a los niños, pues su vulnerabilidad dispara el instinto protector. Hacia nuestros pares la expresamos selectivamente, pero aún tenemos palabras amables y gestos con nuestros amigos y pareja. Pero, ¿qué pasa con los ancianos?¿Quién se ocupa de ellos?

En un país como España, donde casi la quinta parte de la población supera los 65 años, el tema del cuidado de la vejez es un asunto prioritario. Puede haber sistemas de pensiones y hogares de retiro que se encargan de suplir las necesidades de salud y alimentación. ¿Pero quién les brinda cariño?¿Quién los escucha y les presta atención?

Cuando lo común eran las familias extendidas, y en el mismo hogar convivían varias generaciones, los adultos mayores contaban con terminar sus días rodeados de afecto, cumpliendo su rol de centinelas de la estirpe.

Hoy, por el contrario, viven solos y abandonados por sus hijos, a veces en ciudades lejanas y con contadas ocasiones de conversar y abrazarse. Se perciben como una carga o una obligación. Ya no hay tiempo para ellos, no hacen falta. O al menos, eso es lo que les transmitimos.

No es algo que solo suceda en nuestros predios. Es un mal de la sociedad moderna que no distingue fronteras, idiomas ni culturas.  Y para muestra, basta releer el bestseller de William J. Bennett, el Libro de las Virtudes. Si alcanzó tanta popularidad y ventas se debe a que en todo el mundo los lectores se sintieron identificados con sus historias y, más aún, entendieron que reflejaban deficiencias actuales del sistema ético que impera en estos días.

Vale la pena echarle un vistazo y, a la luz de sus preceptos, reevaluar nuestro relacionamiento con los adultos mayores de la familia.

El cofre de vidrios rotos

Érase una vez un anciano que había perdido a su esposa y vivía solo. Había trabajado duramente como sastre toda su vida, pero los infortunios lo habían dejado en bancarrota, y ahora era tan viejo que ya no podía trabajar.

Las manos le temblaban tanto que no podía enhebrar una aguja, y la visión se le había enturbiado demasiado para hacer una costura recta. Tenía tres hijos varones, pero los tres habían crecido y se habían casado, y estaban tan ocupados con su propia vida que sólo tenían tiempo para cenar con su padre una vez por semana.

El anciano estaba cada vez más débil, y los hijos lo visitaban cada vez menos.
— No quieren estar conmigo ahora -se decía- porque tienen miedo de que yo me convierta en una carga.

Se pasó una noche en vela pensando qué sería de él y al fin trazó un plan.

A la mañana siguiente fue a ver a su amigo el carpintero y le pidió que le fabricara un cofre grande. Luego fue a ver a su amigo el cerrajero y le pidió que le diera un cerrojo viejo. Por último fue a ver a su amigo el vidriero y le pidió todos los fragmentos de vidrio roto que tuviera.

El anciano se llevó el cofre a casa, lo llenó hasta el tope de vidrios rotos, le echó llave y lo puso bajo la mesa de la cocina. Cuando sus hijos fueron a cenar, lo tocaron con los pies.

— ¿Qué hay en ese cofre? preguntaron, mirando bajo la mesa.

— Oh, nada -respondió el anciano-, sólo algunas cosillas que he ahorrado.

Sus hijos lo empujaron y vieron que era muy pesado. Lo patearon y oyeron un tintineo.

— Debe estar lleno con el oro que ahorró a lo largo de los años -susurraron.

Deliberaron y comprendieron que debían custodiar el tesoro. Decidieron turnarse para vivir con el viejo, y así podrían cuidar también de él. La primera semana el hijo menor se mudó a la casa del padre, y lo cuidó y le cocinó. A la semana siguiente lo reemplazó el segundo hijo, y la semana siguiente acudió el mayor. Así siguieron por un tiempo.

Al fin el anciano padre enfermó y falleció. Los hijos le hicieron un bonito funeral, pues sabían que una fortuna los aguardaba bajo la mesa de la cocina, y podían costearse un gasto grande con el viejo. Cuando terminó la ceremonia, buscaron en toda la casa hasta encontrar la llave, y abrieron el cofre. Por cierto, lo encontraron lleno de vidrios rotos.

— ¿Qué triquiñuela infame! -exclamó el hijo mayor-. ¡Qué crueldad hacia sus hijos!
— Pero, ¿qué podía hacer? -preguntó tristemente el segundo hijo-. Seamos francos. De no haber sido por el cofre, lo habríamos descuidado hasta el final de sus días.
— Estoy avergonzado de mí mismo -sollozó el hijo menor-. Obligamos a nuestro padre a rebajarse al engaño, porque no observamos el mandamiento que él nos enseñó cuando éramos pequeños.

Pero el hijo mayor volcó el cofre para asegurarse de que no hubiera ningún objeto valioso oculto entre los vidrios. Desparramó los vidrios en el suelo hasta vaciar el cofre.

Los tres hermanos miraron silenciosamente dentro, donde leyeron una inscripción que el padre les había dejado en el fondo: “Honrarás a tu padre y a tu madre”.

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