Poner límites: tan necesario y tan complicado

Educar no es sencillo. Es lógico que los padres intentemos hacerlo lo mejor posible, a veces con mejor voluntad que resultados. A veces falta firmeza y, los niños, que son mucho más intuitivos de lo que creemos, se dan cuenta, aprovechándose de la situación y convirtiéndose en esos pequeños tiranos de los que a veces tanto se habla.

Por eso es tan importante establecer unos límites coherentes y razonables y, lo que es más importante, hacer que el niño no los sobrepase, por muchas rabietas, llantos o chantajes que hagan. Es una base importante para su educación, para su correcto desarrollo, para que aprenda a relacionarse en igualdad con los demás, para que respete a los otros y, en definitiva, para ser mejor persona.

¿Pero cómo establecer esos límites y conseguir resultados? Lo más importante es que el niño lo entienda, no es lo mismo decir “pórtate bien” que “en la sala del médico no se puede correr”. Cuando sea necesario, es conveniente darle una pequeña explicación que ayude a hacerles entender la razón de ese límite.

Y hay que ser firmes, lo que no implica ni los gritos ni el maltrato, pero sí suficiente seriedad como para que el niño entienda que debe obedecer. Hay que intentar caer en la agresividad, pararse un momento y calmarse antes de perder los nervios con los niños.

Por supuesto, nunca hay que mirar para otro lado si el niño se las salta, ni una sola vez. Las normas son para cumplirlas siempre, si no se hace así, de poco servirán los demás esfuerzos. Y, al igual que hay que hacerle saber lo que hace mal, también hay que darle valor a lo que hace bien, eso predispondrá al pequeño de una manera positiva a seguir comportándose adecuadamente.

A veces es duro, porque implica tiempo, emociones y sentimientos. Pero hay que pensar que siempre es por el bien de los niños.