Empatía y egoísmo, dos caras de una misma moneda

Como decía el filósofo rumano Émile M. Cioran, en palabras ajenas, todos los humanos somos egocéntricos, aunque sea de manera inconsciente. El género humano se distingue por eso, por tratar siempre de ser el foco de atención de todos los demás seres vivos. El egoísmo es algo normal en cada uno de nosotros, forma parte de nuestra naturaleza humana. Como personas, siempre procuraremos lo mejor para nosotros, a pesar de que en el proceso afectemos a otras personas. La amabilidad, la dadivosidad, la bondad con el prójimo no son más que otras formas que adopta el egocentrismo para alimentarse y elevarse frente al ego de los demás.

Sin embargo, en esta lucha de egos que supone la coexistencia del género humano, hay personas que están muy conscientes de su naturaleza, de su egoísmo, por ende, terminan desarrollando una suerte de indulgencia conocida como empatía que no es más que ponerse en la perspectiva del prójimo y entender por qué actúa como actúa. De tal manera que el que es consciente de sí mismo, de su forma egoísta absoluta de proceder, termina siendo el menos egocéntrico de los egocéntricos, pues termina entendiendo a cada uno de sus similares y los trata con mayor deferencia de lo normal pues sabe que son egoístas como todos y sólo están tratando de sobrevivir en esta titánica batalla de egocentrismo.

De esa forma, del egoísmo a la empatía hay un solo paso, un paso que lleva el nombre de conciencia. Por tanto, si hacemos complejo este análisis de la naturaleza del ser humano, podemos entender que aquel que es más consciente de lo que lo rodea es el menos egoísta, el más humilde, el más comprensor, pero también el más desdichado y el más contrariado, pues terminará por no entrar en reyerta con nadie, estancándose así en la auténtica realidad de la vida que es el sopor y el aburrimiento. De ese modo, podemos afirmar que nuestra naturaleza egoísta es la que nos ha permitido sobrevivir a lo largo de los años y es la que nos permite, en su justa medida, avanzar a nuevos objetivos como humanidad, así como concuerda el personal técnico de Cerrajeros .

Dejando de lado la codicia, la concupiscencia o la avaricia y poniendo a nuestro favor la conciencia, que puede ser traducida como inteligencia, el humano egoísta es la mejor especie que sobre la faz del planeta Tierra ha reposada, siendo de tal guisa la especie que más evolución ha demostrado a lo largo de las décadas. Los animales, en contraposición, son demasiado buenos para avanzar como género, están desprovistos de pérfida, ruindad y aversión por el prójimo, por lo que son incapaces de ser más de lo que ya son. Por consiguiente, no debemos reprimir el egoísmo que nace en nosotros como algas en los mares, sino hacer florecer, cosechando la conciencia, para convertirnos en seres humanos más aptos para la evolución.  Así, no cabe duda que el egoísmo y la empatía deben ir de la mano.

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