La integración de la igualdad de género en la vida diaria conlleva mejoras para la toda la población, así como para los municipios y diputaciones provinciales, y otras organizaciones que ofrecen servicios financiados públicamente.

Con un sencillo ejemplo vamos a ver los beneficios que supondría la implantación de igualdad de género en un hecho tan simple como el quitar la nieve de la acera por donde circulan los peatones tiene diferentes consecuencias para hombres y mujeres (en el caso de ciudades en las que nieve habitualmente). El número de accidentes debido a un suelo resbaladizo ocasionado por la nieve es tres veces superior en mujeres que en hombres, el coste del servicio hospitalario cuesta el doble que la limpieza de las calles para despejar la nieve, según estos datos estaríamos ante un caso de prioridad masculina  ya que en primer lugar se limpian las carreteras por las cuales circulan vehículos conducidos generalmente por hombres, después se limpian las calles amplias que conducen a  grandes empresas donde predomina el género masculino como trabajador.

La conclusión es que es más difícil llegar a un trabajo a pie que conduciendo cuando existe nieve o el suelo está muy resbaladizo, por lo que se debería dar prioridad a la limpieza de las calles por la que circulan más mujeres que hombres, y también a la limpieza de las calles amplias que llevan a trabajos en los que predominan más mujeres que hombres como los colegios y los hospitales, si le damos la vuelta y analizamos la situación de esta manera, para el municipio resulta más caro limpiar la nieve en este orden sin embargo la ciudad se vuelve más accesible para todos. Todos llegarían antes al trabajo sean del sexo que sean y la eficiencia y productividad se vería aumentada.

Al final los costes acabarían reduciéndose al implantar las medidas con igualdad.

Suele decirse que los maestros y profesores que tienen una mayor felicidad en su puesto de trabajo y que logran desarrollar el día a día con más éxito son aquellos que han llegado a las escuelas e institutos merced a un claro impulso vocacional.

Esta pasión por su trabajo es lo que llevó a una profesora que imparte sus clases en el barrio sevillano de las Tres mil viviendas a sacar a sus alumnos del aula para llevárselos hasta el centro de la ciudad hispalense. Y es que muchos jamás habías pisado siquiera una librería ni otros espacios culturales.

No hay que olvidar que en este barrio viven muchos niños que se encuentran en riesgo de exclusión social y cuyas vidas quedan acotadas a la sombría rutina que acontece exclusivamente al sur de la capital de Andalucía. Es en este escenario donde muchos profesionales docentes optan por tragar saliva cuando conocen que son destinados a una de las zonas con pero crónica de toda España.

Y es cierto que puede ser duro y dificultoso desarrollar las clases con normalidad en un escenario adverso y en un clima poco propenso para que los niños se preocupen exclusivamente de aprender. Pero es ahí donde el buen docente da un paso al frente, como le ocurrió a esta profesora, que rompió las reglas rutinarias y descubrió nuevos caminos a los jóvenes.

Hay educadores, maestros, profesores, voluntarios y psicopedagogos que se mojan y luchan por las personas en las Tres mil viviendas. Ellos son quienes construyen un mejor barrio y quienes ponen las semillas para una mejor convivencia. En ocasiones, los niños simplemente sufren una falta de comprensión y un discurso que no está adaptado a sus condiciones socioculturales. Pero hay que tener en cuenta que estos profesionales de la educación se esfuerzan, por ejemplo, por enseñar a montar en bicicleta, por instar a los niños a que se duchen sin falta, a que facilitarles libros para que descubran nuevos universos, a programar salidas culturales que muestren más luces fuera del simple centro educativo y del barrio… y en definitiva, a luchar por el porvenir de cada uno de los niños a través de la formación social y la psicopedagogía.

Trabajar con firmeza, cariño y seriedad en el campo de la formación social y la psicopedagogía dará el día de mañana los frutos de una sociedad mejor que todos disfrutaremos. Es sin duda un reto que cada país debe saber afrontar con la máxima responsabilidad.

Un buen ejemplo del amor a la educación y a la formación social, que seguro que tenemos en nuestro imaginario cultural, es el de John Keating, el profesor de ‘El club de los poetas muertos’. En la estricta y oscura vida del centro educativo Welton, en el que los jóvenes desarrollan su día a día, se cuela la luz de un nuevo educador que trae unos mecanismos y métodos totalmente distintos.

trabajo socialY es que educar y llevar a cabo la formación social también es lo que hace el personaje al que da vida Robbie Williams, quien abre nuevas perspectivas existenciales en sus alumnos, quien insta a sus pupilos a pensar y a orear la mente.

La vida en Welton, hasta la llegada de Keating, se sostenía en cuatro premisas: excelencia, honor, disciplina y tradición. Pero el nuevo profesor ejerce de formador social y va más allá de las reglas y del simple guión del temario que a priori debería seguir. Además de impartir conocimientos, también enseña una especie de manual de vida.

Keating logra que los jóvenes se redescubran a sí mismos. Haciéndoles ver que la muerte es una realidad, los está obligando a tener que vivir. El profesor ejerce de psicopedagogo y guía a sus discípulos por un nuevo sendero, el del carpe diem, el de ser conscientes de que sólo se vive una vez y hay que paladear los placeres de la vida y apreciar con espíritu noble y sensible terrenos tan hermosos como la poesía. La ruptura de los cánones tradicionales y el sello del formador social quedan evidenciados en la escena en la que los alumnos se suben en sus pupitres para contemplar la vida desde otra altura, desde otra perspectiva.